La promesa de Franco

Una película de Marc Weymuller

2013

Documental, 123 mn

Producción : Les Films de l'Avalée (Francia) / Pantalla Partida (España)

La vérité historique n'est pas... ce qui se passe; c'est ce que nous pensons qui s'est passé.

Jorge Luis BORGES – Fictions (1944).

Belchite, en Aragón, es una ciudad emblemática de la amnesia colectiva que azotó España tras la Guerra Civil. Hoy, la memoria herida de sus habitantes se pierde en las ruinas del pueblo viejo, que fue teatro de violentos combates, y las calles de la nueva ciudad, construida por Franco… Enfrentados al mutismo de sus padres, los niños se preguntan. Frente a los escombros, cada uno cuenta su historia…
 

Guion,  dirección y montaje : Marc Weymuller - Imagen : Xavier Arpino - Sonido : Marc Weymuller - Música : Bruno Fleutelot Producción Ejecutiva : Simon Gillet / Mario Madueño - Productores Associados : Celia Ciprés / Samuel Martinez / Catherine Siméon Dirección de producción : Catherine Siméon / Mario Madueño - Asesor Histórico : Jaime Cinca Yago - Interpréte : Carlos Antoniassi Auxiliares de dirección : Beatriz Garcigoy / Juan Galindo - Jefa de Producción : Beatriz Garcigoy - Etalonaje : Tony Gagniarre
 

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Al sur de Zaragoza, en pleno corazón de Aragón, podemos percibir, en medio de un severo paisaje de llanuras y estepas ocres, la silueta fantasmagórica y deteriorada de un campanario que se erige por encima de un decorado apocalíptico: casas en ruinas, fachadas destripadas y calles que se pierden entre los escombros. Son los restos del viejo pueblo de Belchite que fue el teatro, durante la guerra civil española, de combates en los que, dicen, hicieron cerca de 6.000 muertos.

 

A unos cientos de metros de ahí, encontramos una ciudad «nueva», construida durante los años cincuenta bajo las órdenes de Franco. Es una gran población pero sin gran personalidad, triste y silenciosa. Se parece a un gran cuartel militar, ordenado y austero. Hay gente que allí vive y trabaja, sin que la presencia de la ciudad muerta, justo al lado,  parezca perturbarla.

 

El nuevo y el viejo Belchite viven así, uno al lado del otro, en la coexistencia enigmática del pasado y del presente. De un lado los vivos, del  otro, los muertos. Nada parece conseguir unirlos. Así pues, en Belchite no se encuentra ninguna información sobre los acontecimientos que provocaron la destrucción del antiguo pueblo, ninguna placa conmemorativa, ningún monumento a los muertos ni a la memoria. Sólo se encuentra, a la entrada del viejo pueblo, un cartel que lleva la inscripción «Pueblo viejo, ruinas históricas».

 

Hoy en día 1.600 personas viven y trabajan en el nuevo Belchite. Cada uno se dedica a sus ocupaciones. Algunos cuidan aún grandes rebaños de ovejas en  las estepas adyacentes. Otros pasan el día en el campo, los olivares y las canteras de yeso, otros también en los talleres de las modernas fábricas del pueblo. Mientras que los jóvenes y menos jóvenes trabajan, los más viejos, ellos, se aburren. Se quedan allí, sentados frente a su casa o en el fondo de un café. Esperando  que pase el tiempo. A veces, sus pensamientos se dirigen hacia el antiguo pueblo, que, dejado al abandono,  padece los repetidos asaltos del tiempo y de las intemperies. En medio de las ruinas se ve pasar a menudo la silueta de un anciano silencioso, errante entre los escombros.

 

Belchite es un lugar emblemático de la amnesia colectiva que golpeó España tras la guerra civil. Durante años, los padres y los abuelos dejaron de hablar de política y callaron sobre los conflictos del pasado para que hijos y nietos no volvieran a pelearse en las calles. Aún hoy, en Belchite, se sigue callando.

 

Cuando los vivos se callan, los muertos se ponen a hablar. Y algunos afirman que durante la noche, entre las ruinas, se puede escuchar la voz de todos aquellos que allí murieron y cuyas almas vagan sin fin…

¿Cómo se vive hoy en Belchite? Se va y se viene, por supuesto, se hace lo que se debe hacer, como en todas partes. Cada uno vive un poco solo, separado de los otros, luchando con sus propios interrogantes. Aunque nadie cuenta lo que pasó, en cambio, cada uno sabe o recuerda algo. Se vive aquí, ahora, pero al mismo tiempo, se vive en otra parte, en otra época, más allá de lo que uno es. Así sucede a veces, en pleno trabajo en la fábrica, que alguien se acuerde del relato que su padre o abuelo un día había esbozado. También sucede que, de regreso a casa, se vuelve a sacar de un viejo álbum una imagen donde aparece el pueblo tal cual era, antes o después de la guerra, una imagen que quedó sin leyenda… Cada uno trata de reconstituir, pedazo a pedazo, los elementos dispersos de un relato que nadie jamás supo realizar. Las historias de unos completan las de los otros, las contradicen a veces.

 

Frente a los escombros, cada uno cuenta «su» historia. Pero es a sí mismo al que uno habla. Se habla de la niñez, de la escuela, del trabajo y del amor. Se habla de la vida y de la muerte. Pero se hable del nuevo o del viejo Belchite, son siempre las mismas preguntas las que se hacen. Que uno sea niño, padre o abuelo, son siempre las mismas preguntas las que quedan sin respuesta.  Finalmente, ¿dónde queda «el hogar» ? No es ni en el nuevo Belchite, que uno no escogió, ni en el viejo, que se dejó caer en el olvido. Es el lugar donde se duerme, donde se come, donde se trabaja, el lugar en el que se vive aquí, ahora. Es el mundo y su tiempo.

 

El viento continúa soplando sobre las ruinas, y pronto, en el lugar del antiguo pueblo, no quedará más que un inmenso campo de piedras.

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